
Las “golondrinas”, esos emigrantes cíclicos que regresan todos los años a ocupar temporalmente el “nido” que allí dejaron sus antepasados, “revuelven” con su hiperactividad urbana, la conservadora y monótona vida de los lugares donde mantienen el “nido”, si este no ha sido derribado. Buscan entre los sombríos aleros y los límpidos cielos, algo que en las tierras donde residen habitualmente hace tiempo que perdieron: sosiego y vida tranquila. Se alimentan de pipas de girasol, renuevan su plumaje con camisetas y bermudas multicolores, calzan chancas de dedo, y algunas hay, que vuelven con las alas rotas planteándose la posibilidad de terminar sus días, al cobijo de sus antiguos nidos.
Digan lo que digan, son la alegría del pueblo. Parlotean, presumen, riñen y se quieren. En el fondo eso es la vida, pues a la muerte siempre la gustó el silencio.