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Se ha puesto de moda -
ahora - hablar de la despoblación que nos rodea, de la España vacía (La España vacía: viaje por un país que nunca
fue. Sergio del Molino-2016), de la Siberia o la Laponia del sur, etc. Y
aunque los calificativos puedan servir para definir una realidad, no ocurre lo
mismo si - como debería de ser - conjugásemos todos con responsabilidad el verbo
irregular vaciar, es decir que no es lo mismo utilizar la tercera persona del
presente de indicativo: él vacía, que la primera persona del plural del
pretérito perfecto compuesto: nosotros hemos vaciado.
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Villarrobejo. (Palencia-Spain) |
Y es que no nos
engañemos, pues históricamente hablando, una buena parte de la Península
Ibérica fue casi siempre un territorio despoblado, sobre todo en sus zonas más
interiores, no ocurriendo lo mismo en sus territorios periféricos. Lo estaba
cuando nos invadió el Imperio Romano,
cuando los barbaros reemplazaron a estos, así como cuando lo hicieron los
árabes, aquellos que definían a gran parte de las dos mesetas como “tierras de
nadie”.
El clima, las pestes y
las guerras ayudaron mucho a ello, además de una pobreza secular. Viajeros extranjeros
que nos visitaron en los siglos XVI, XVII y XVIII, hablan de unas tierras
interiores asoladas, casi deshabitadas, donde los bandoleros campeaban a sus
anchas. El mismo Codex Calixtinus, la primera guía del Camino de Santiago que
fue escrita e iluminada a mediados del siglo XII, da una imagen muy parecida.
Y es que la España
interior, nunca estuvo excesivamente habitada, exceptuando algunos poblaciones
que por caprichos de los monarcas de turno, cambiaban sus cortes de un lugar a
otro, lo que suponía que temporalmente aquella zona creciese poblacionalmente,
para luego languidecer con la misma premura (Oviedo, León, Burgos, Valladolid,
Toledo, etc.). El siglo XVIII, fijó definitivamente estas constantes y desde
entonces hasta ahora, nada tiene que ver la Península Ibérica interior y más
rural, con la periférica; y utilizo el geotopónimo de Península, pues lo mismo
que ha ocurrido en España, puede verse en la parte portuguesa.
Nuestra sociedad rural se nos muere, así de rotundo,
las octogenarias y longevas generaciones que escasamente la poblaban están
cerrando su ciclo vital, y no existe - por que no hemos sido previsores en su
día - una generación de reemplazo.
Yo que vivo en el centro una pequeña capital
de provincia, raro es el día que no escucho la campana de la parroquia “tocando
a muerto”, y lo mismo ocurre en poblaciones que ya no llegan ni al millar de
habitantes. Las obras mayores que se están haciendo en muchos pueblos, son las
ampliaciones de los “camposantos” y las naves velatorio. Así que si viajan por
la España interior, y de vez en cuando oyen el mortecino doblar de las
campanas, no pregunten ¿por quién es?, ya se lo digo yo, la España rural se nos
está muriendo irremediablemente (requiéscat in pace).