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Café Iruña - Pamplona (España) |
Las
cristaleras del café siempre estaban sucias y la luz de la glorieta, agria y
escenográfica, se filtraba a través de ellas con matices de recuelo. El viejo
camarero arterioesclerótico arrastraba la pierna mala como cosa ajena a su
persona e iba de mesa en mesa, frágil, doméstico, temblante y arácnido. Bufaba
la máquina exprés; cantiñeaba el aburrido cerillero; la señora de los servicios
cultivaba sus emociones leyendo una novela de amor; el chicharreo de la llamada
del teléfono no era atendido; esputaban en sus pañuelos, y por turno, los cinco
viejos del friso de la tertulia de fondo; bajaba el cura jugador las escaleras
de la timba; componía un melindre la pájara pinta timándose con un señor
solitario y de mirada huidiza; el renegrido limpia tenía un vivaz sátiro bajo
la roña, el betún y la piel, y no se perdía detalle, desde su ras, sacando
lustre a los zapatos de una vedette
del «Maravillas». En los grandes y mágicos espejos había salones hasta la
angostura del infinito y la perspectiva de las lámparas reflejadas era una
pesadilla surreal.
Ignacio
Aldecoa (1925-1969)
Extracto
del cuento: “Un buitre ha hecho su nido
en el café”
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